JUAN JOSE MILLAS
No soy partidario de copiar textos que no son mios. Tampoco soy partidario de hacer comentarios demasiado extensos, pero hoy domingo me voy a saltar esas dos cuestiones.
Copio parte de un artículo publicado hoy en EPS y escrito por Juan José Millas. Me parece realmente reseñable.
Saludos y buen domingo.
No era todo: un columnista, apenas unos días antes de la fecha del fin del mundo, había escrito que la capacidad de Zapatero para el Mal (así, con mayúscula) carecía de límites; otro, que era un tontiloco al que atribuía sin embargo poderes especiales para acabar él solo con el Estado de derecho. Uno más lo comparó con Harry Potter, asegurando que vivía, junto a su mujer e hijas, rodeado de búhos. Alguien nos advirtió de que sus formas suaves ocultaban a un lobo sediento de sangre. Un profesor, no recordamos ahora mismo de qué materia, lo describiría como “un hombre resentido, simulador, visceral, con obsesiones políticamente inconfesables”. Rajoy, solo o en compañía de otros, había dicho de él una y otra vez que era un inconsistente, un tonto, un inútil, un bobo, un incapaz, un acomplejado, un cobarde, un prepotente, un mentiroso, un inestable, un desleal, un perezoso, un pardillo, un irresponsable, un revanchista, un débil, un arcángel, un sectario, un radical, un chisgarabís, un maniobrero, un indecente, un loco, un hooligan, un propagandista, un visionario, un chapucero, un excéntrico, un disimulador, un estafador, un agitador, un fracasado, un triturador constitucional, un malabarista, un mendigo de treguas, un traidor a los muertos… Había asegurado que no tenía programa, que no tenía equipo, que no tenía proyecto, que no tenía ideas, que no tenía agallas (el buen gusto le impedía añadir que no tenía pilila). Pese a tantas y tan graves carencias, se le atribuían empeños heroicos, como el de pretender ganar la Guerra Civil con setenta años de retraso.
El domingo anterior a este martes negro, una caricatura del diario El Mundo mostraba a Zapatero regando una planta (la de la paz) con las aguas fecales procedentes de una manguera que salía de una alcantarilla. La manguera estaba dibujada de tal forma que parecía al mismo tiempo la cola de una rata estratégicamente colocada en el cuerpo del presidente del Gobierno. Se sugería así que reinaba en las cloacas, como uno de los más célebres enemigos de Batman y de Robin. “Este presidente”, escribía un catedrático en Abc, “adolece de una inanidad intelectual indisimulable, casi espectacular”. Álex Vidal-Quadras, en La Razón, le atribuía el empeño de “resucitar el clima cainita de la II República”. Santos Juliá escribía en EL PAÍS: “Hay que mirar muy atrás para encontrar un presidente de pensamiento tan débil, pero tan rebosante de lo que, a falta de mejor definición, acostumbramos a llamar instinto de poder”. José García Abad atribuía a Felipe González la siguiente frase, referida a Zapatero: “Éste sigue con su idea… Que no pasa nada… Que no pasa nada… Y se nos cae el invento. Está loco…”.
Si tuviéramos que hacer una relación de los calificativos (con frecuencia contradictorios) aplicados a José Luis Rodríguez Zapatero desde diferentes sectores y a lo largo de estos dos años de Gobierno, necesitaríamos un volumen de la Espasa. Y ello sin contabilizar los lanzados desde las manifestaciones de la derecha que salió a la calle en varias ocasiones, unas a favor del matrimonio (cuya destrucción, junto a España y el Estado de derecho, era uno de los objetivos de Zapatero); otras, a favor de Dios (que, increíblemente, estaba perdiendo la batalla también frente a este individuo de formas educadas), y, otras, en contra de su política antiterrorista, pues llevábamos ya tres años sin muertos, dos de los cuales se podían imputar, evidentemente, a su gestión. Asimismo, durante este periodo se había derogado una norma no escrita, dictada por Aznar y aceptada por las fuerzas políticas y la ciudadanía, según la cual el responsable de un crimen era el criminal. Ahora, si alguien lanzaba un cóctel molotov contra un cajero automático, el responsable era, indefectiblemente, Zapatero. En cuanto a los comunicados de la banda, gozaban también, al contrario de lo que ocurría en otras épocas, de más credibilidad que los del Gobierno. Si el 11-M se calificaba de miserables a quienes creían a Otegi en vez de al ministro del Interior, ahora los miserables eran quienes creían al ministro del Interior en vez de a Otegi. Lo que decían ETA o Batasuna iba a misa. Y, hablando de misas, hasta los obispos, que no se habían manifestado jamás, nunca, por nada, pese a las imperfecciones del mundo, abandonaron ostentóreamente (cortesía de Gil y Gil) sus palacios y tomaron las calles con sus gafas de sol para rasgarse las vestiduras frente a las cámaras de la tele.
